Los actos públicos

Educación,  Escuela,  Profesor, Lengua, BIOGRAFÍA E HISTORIAS REALES, HISTORIAS REALES

¿Qué habría sido de Silvio Astier, si las peripecias de El juguete rabioso no lo hubiesen expuesto una y otra vez a la frustración y al fracaso? ¿Qué habría sido de él, si al menos algunas de las promesas sociales de progreso y premio al mérito se hubiesen verificado, si la épica de lecturas y adquisición de saberes hubiese dado alguna vez algún resultado, si las cosas, en resumen, no le hubiesen salido siempre mal? Son preguntas pertinentes para abordar Los actos públicos. Porque hay en la novela de Walter Lezcano, y aun en Walter Lezcano, algo de la colocación / descolocación de Roberto Arlt en la literatura argentina. Su lenguaje, directo, más que estilizado, oscila dramáticamente entre la esperanza y la desesperanza, entre la exultante confianza y la amarga desolación. El narrador de Los actos públicos atraviesa, como Astier, una historia de padre ausente, de madre más o menos castradora de su hijo lector, de salida de la determinación familiar; una historia de pensiones lúgubres y pragmatismos de escuela técnica. La frase final del cuarto capítulo, “El futuro es nuestro”, ve completar la referencia a Arlt en la frase final del capítulo noveno, “La prepotencia de trabajo y todo eso” (“todo eso”, agrega Lezcano: ya se sabe de qué se habla cuando se habla de Roberto Arlt, cuando se alude a Roberto Arlt).

            Pero en Los actos públicos se instaura una diferencia crucial con esa dostoievskiana entrega al mal que fue el destino de Silvio Astier. Félix Bruzzone lo define genialmente en el texto de la contratapa del libro: “Walter Lezcano es un escritor del Bien”. Y es que al personaje de su novela, socialmente relegado, poco menos que condenado, en un comienzo, la aventura de redención y ascenso social sí la sale, le funciona. Funciona la proeza de la salvación por la lectura (“ahí llegaron los libros para hacer su complejo trabajo de salvación silenciosa”, “los libros fueron una buena trinchera, un refugio protector”), funciona la posibilidad de escapar del destino familiar (“Soy el primer profesional de la familia”), funciona el mecanismo de adquisición de saberes (“En ese momento supe que sería profesor de lengua y literatura”) como motor de progreso social (“Por primera vez habito una vivienda con una pieza terminada, un baño que no es compartido y está adentro, cerámica en el piso, ventiladores de techo, agua corriente y gas natural”).

            El narrador de Los actos públicos, que es también su protagonista y que se llama Walter, igual que su autor, está en un comienzo, no solamente desplazado, sino además sumergido, porque las periferias tienen su “adentro”, y en el adentro, su fondo: “Nací en Goya, en la provincia de Corrientes metidos en el corazón del Litoral Argentino”, “Almirante Brown queda en el sur del conurbano bonaerense. Adentro están las localidades de Don Orione, Rafael Calzada, Adrogué, Témperley, Mármol”, “Esto es un verdadero paraíso metido en un barrio en donde todas las noches se cagan a tiros. San Francisco Solano”, “un profesorado de San Francisco Solano, al fondo, bien al fondo, de Quilmes”. Es eso lo profundo del “conurbano profundo”, referido irónicamente como el “deep conurbano” ya desde el subtítulo. El narrador de la novela viene de abajo, se hace de abajo: conoce la pobreza y conoce la discriminación (racismo y xenofobia combinados hasta el oprobio); vivió la miseria, sufrió el maltrato. Viene de abajo, sí, se hizo de abajo; pero prosperó, mejoró, emergió, progresó (pudo lo que no pudo Astier).

            Walter ahora es profesor: pasó del otro lado (del otro lado de la grieta del saber). Ahora enseña. Pero siendo profesor, y para enseñar, no hace sino volver a lo profundo, a los márgenes, a los mundos socialmente relegados. Va a llevarles, a los hundidos, eso que a él le permitió despegar; va a darles literatura, a iniciarlos en la lectura, a señalarles un camino posible para intentar que las cosas mejoren. Los actos públicos no es nietzscheano, como El juguete rabioso, sino en todo caso moral: aprecia lo bueno y lo imparte. Pero no por eso incurre en el facilismo de embelesarse con resoluciones idílicas, tipo sociedad de los poetas muertos pero para chicos pobres (hay sociedad, hay poetas y hay muertos, pero ninguna “sociedad de los poetas muertos” en el universo de Walter Lezcano). Esa doble pasión fusionada, la de la docencia y la de la literatura, procura, no pocas veces, encuentros, logros, hallazgos, satisfacciones; pero no deja de estar acechada, y eventualmente atravesada, por tensiones, por conflictos, por fricciones, malestares, tropiezos o violencias. Lezcano le otorga a la literatura un poder de redención incuestionable; le consta, porque funcionó con él mismo. Pero la novela encuentra su verdad y su complejidad ante la evidencia de que no siempre ese juego de redención funciona, no siempre sale, no siempre la realidad social lo habilita; y no siempre los potenciales redimidos, los destinatarios de esa redención, la quieren, la entienden o la aceptan. Por eso en las aulas y en los colegios que pasan por Los actos públicos están algunos de esos prodigios que a veces la literatura irradia. Pero también choques o agresiones, trabas institucionales, asperezas estudiantiles.

            El lugar de Walter, profesor, se problematiza: su historia y sus convicciones lo predisponen a la empatía con esos alumnos dañados por la desigualdad; pero hay también una distancia, la misma que va del rock a la cumbia (y lo que organiza sentidos en esta novela es el rock), él ya esta ubicado en otra parte, del lado del saber, del lado de la autoridad: “Los chicos se visten como estrellas de la cumbia surcando un cielo de barro al que hay que enfrentar (…).  Yo estoy de pantalón de vestir y camisa. Me pregunto qué representa mi vestimenta, qué ven”; “¿Cómo establece un docente que aspira a ser un chancho burgués un vínculo con chicos que viven una realidad desapacible y jodida y se liman la cabeza escuchando reggaeton o música tropical?”; “Me puse la gorra, y le pedí a un alumno que trajera el libro de firmas para hacerle un acta”; “no sé si me estoy volviendo prematuramente viejo y retrógrado por cómo está yendo todo en este inmundo planeta”; “aunque no quiera, esto parece un interrogatorio policial”; “Y cuando termino de hablar me doy cuenta de que me puse la gorra. Que me calcé innecesariamente el traje de profesor autoritario y militar que no deja pasar una”.

            El pantalón de vestir, primero; luego, la gorra (dos veces); por fin, el traje de profesor autoritario: son cosas que el profesor se pone, no la sustancia de lo que él personalmente es; es su atuendo, no su cuerpo. Por eso los conflictos que aparecen en Los actos públicos los tiene, en buena medida, el narrador consigo mismo. ¿Tiene sentido todo esto que intenta? ¿Logra algo? ¿Vale la pena? ¿Abre chances semejantes a las que él encontró para mejorar? ¿O no hace más que reproducir el estado de cosas en una sociedad bestialmente desigual e injusta? ¿Está interviniendo valiosamente en una redistribución educativa de los capitales culturales, como diría Pierre Bourdieu, o es apenas un engranaje más en los aparatos ideológicos del Estado, como diría Louis Althusser? Dicho de este modo, puede que el planteo cobre un aspecto demasiado abstracto. Pero no es así. Walter Lezcano imprime en su novela una marca política bien concreta, cercana, tangible, específica: “La sociedad parece embelesada por una imagen reconocible del triunfador dandy que hereda el filo y se manda a conquistar otros terrenos (…). ¿Será que la pobreza es tan extrema en este país que se vota a aquellos que detentan el poder económico como quien sublima frustraciones?”. El macrismo, así, vendría a ser, para Lezcano, no ya la causa eventual de una desgracia cultural, sino antes bien, y fehacientemente, su consecuencia, su manifestación terminal, su prueba, su síntoma.

            Una piba en un colegio le dice a Walter lo siguiente: “Acá te tenés que hacer respetar. Es así”. El profesor retruca: “¿Qué querés decir con acá? Esto no es una cárcel”. La réplica docente, antifoucaultiana, se sostiene bien en esa escena, pero la continuidad de la narración la hace vacilar. Porque más adelante también se dirá: “Así me recibieron en una escuela que acabo de tomar: con mate amargo e interrogatorio policial”. Y un poco más adelante: “me cuenta un poco de las particularidades de cada uno. Una suerte de declaración de prontuarios”. Y más adelante: “Contamos las horas, hacemos cruces con tiza en las paredes”. Y más adelante: “Ya en octubre vas marcando la pared, haciendo rayitas cada día de la semana”. Y más adelante: “Como un preso que marca en la pared los días antes de su fuga planeada con muchísima anticipación”.

            ¿Escuela- cárcel, entonces? Un poco, sí. Pero en verdad, más que eso: mundo- cárcel, cárcel- sociedad. ¿De esta cárcel se puede salir? ¿De esta cárcel se puede escapar? ¿A esta cárcel se la puede abolir? ¿Admite  una liberación? ¿Admite emancipaciones? Detengámonos unos instantes en la foto que ilustra la tapa de Los actos públicos. Un aula vacía: bancos, pupitres, un escritorio. Alcanza a verse cuatro ventanas. Al menos una, claramente, está abierta.

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