Poemas de la abuela
Conocí a Silvia Martínez en 1976, cursando el primer año del profesorado en Letras, o como se llamaba en aquel momento: Castellano, Literatura y Latín. Con 18 años, además de estudiar literatura, me gustaba cantar y participar de asaltos en las casas con guitarreada final. Un día, Silvia me propuso ponerles música a algunos de sus poemas. Le había escrito un poema maravilloso a su futuro hijo, y yo le puse música. Creo que desde ese momento le insistía para que escribiera un libro de poemas. La vida nos llevó por otros caminos y nos desencontró, pero Facebook hizo el milagro de reencontrarnos. “¿Y tu libro de poemas para cuándo?”, le dije más de una vez. Hasta que un día, el retoño le dio otro retoño y se cumplió su sueño de ser abuela de Francisco, su mejor fuente de inspiración. ¿Qué puedo decir de las metáforas? Sí, muy bien construidas. ¿La rima? Muy prolija. Pero la poesía debe emocionar y eso es lo que logra Martínez en su primer libro de poemas: hacerle cosquillas al corazón más duro, humedecer los ojos de los lectores y repartir sonrisas hasta para los más serios.
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