Confesiones de Estado
El 24 de marzo de 1976, las Fuerzas Armadas, encabezadas por Jorge Rafael Videla, dieron un golpe de Estado. Se esperaba que los militares pudieran acabar con el terrorismo de los grupos guerrilleros y las bandas parapoliciales. La intención manifestada por ellos era restablecer la paz en el país. Sin embargo, pronto se hizo evidente que se había puesto en marcha un plan sistemático y clandestino de exterminio de personas, muy lejos de aquella idea inicial, que incluyó secuestros, torturas, desaparición forzada, detenciones ilegales, la apropiación ilegítima de bebés y el ocultamiento de su identidad. Toda oposición al régimen fue silenciada y perseguida; el Congreso y los partidos políticos fueron suprimidos; los gremios y sindicatos, proscriptos; el periodismo, hostigado y censurado. Pese a declarar el deseo de reorganizar la sociedad según una moral cristiana, los militares llevaron adelante un plan que violaría cualquier idea de ley humana o divina, y que incluía también la “purificación” de la Iglesia.
La Junta Militar sabía que no podía sentenciar a muerte a miles de personas y, menos aún, a miles de cristianos, sin que los obispos, la Nunciatura o el Papa alzaran sus voces. Si no se podía lograr el amparo de la Iglesia, al menos era fundamental contenerla. Para poder avanzar y legitimar su accionar, desplegaron frente a ella una estrategia tan premeditada como su plan de exterminio. La violencia previa fue superada por el terrorismo de Estado.
Gracias a información hasta ahora desconocida, Confesiones de Estado pone al descubierto los cinco pasos de esa estrategia y aporta un nuevo y perturbador aspecto en la relación entre el gobierno militar y la Iglesia. Omisiones, complicidades, declaraciones ambiguas, revelaciones y silencios que marcaron a la Argentina durante el régimen del terror.
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